miércoles, 27 de junio de 2012

Paz...


La paz busco y en el camino me encuentro con la vida y sus vaivenes, sus agitadas ráfagas de cambios y fines, sus luciérnagas en la noche y sombras y cuevas oscuras bajo la luz del sol. Busco la paz y en el camino encuentro vida, y esta me enseña la muerte en cada uno de sus rincones, rotunda y eterna, extensa por todo el aire y toda materia... me muestra la tristeza más profunda y la soledad, me muestra el vacío y la angustia de la supervivencia y todo tipo de paisajes dolorosos. Me muestra, la muerte, su infinita presencia y asfalto que cubre todas las carreteras. Y en ella me encuentro que nace algo pequeño y tembloroso y, respirando, crece y se anida. Y volverá en su vida a la muerte, y volveré la muerte a la vida... Sin que nuestra conciencia humana termine de entender en qué consiste, ni su tiempo, ni su presencia.

Música


La música es la emoción incorrupta por la razón y el mecanismo de la escusa; la emoción envuelta de verdad cruda a la vez que estética, algo plenamente humano, aparentemente divino. La música acorta los días cuando se alargan sus canciones en la senda del extraño dominio de las formas sinuosas de la mente. En la música no hay marcos tratando de encuadrar la niebla, hay niebla entrando voluntariamente en compases exactos.

A la música se llega por la brisa en el desierto, por la lluvia en la estepa, por la certeza y la esperanza de lo invisible. A la música se llega por el dolor y la piel raída de palabras. Se llega hasta ella por el sueño despierto y por el sueño dormido, por los ojos abiertos que no se pueden cerrar y todo aquello que, aunque durmamos, nos espera.

No es música otra cosa que la sublimación de la palabra, del lenguaje; una forma de amor más allá del alcance de nuestro entendimiento; algo latente en la distancia entre dos personas.

Si dios existe, es a través de ella como nos habla, o nos tienta, o nos enseña. Si él no existe, no entiendo que ella exista. Quizá sean lo mismo. Quizá yo no lo entienda.

Es en la música el perdón tras las palabras y tanta matemática del sentimiento. Es la música una pequeña muerte y un renacimiento. Es la calma del agua, del ser, tras la agitación de la conciencia humana.

Es la música lo que mejor habla contigo. Y conmigo.

Es un regalo que alguien nos hizo alguna vez para que pudieses comprender lo incomprensible.

miércoles, 6 de junio de 2012

La calma del caracol


Siempre me han fascinado los caracoles. Por dentro translúcidos y suaves bajo dura concha en  la que cobijarse cuando tienen miedo, o simplemente para poder dormir. Su belleza lenta, cándida, húmeda, me conmueve especialmente en días como estos, en los que me encantaría que lloviese para poder salir, respirar eso que deja la tormenta en el aire, esa mezcla de vida y de muerte sin paliativos, sin humos que encubran de lo que realmente está hecho el viento: de principio y fin, con todos sus matices.

Hoy, como un caracol, busco una sombra oscura y silenciosa. En realidad, como un caracol, cualquier pie podría hoy romperme en pedazos: mi escudo es, en sí mismo, una mentira. Pero no importa. Solo quiero dormir.


Añoro su lentitud, su bondad inofensiva, su calma bochornosa… Hoy siento que no podría pasar un día de mi vida sin correr por algo, sin cuestionarlo todo, sin temer la nada, sin doblar el rumbo sin temblar, sin dañar a alguien o, por el contrario, otorgar a algún desconocido el bálsamo temporal que necesita. Porque nada es eterno. Pero eso no perturba la calma de los caracoles. No importa si el tiempo se acaba, no importa si se pierde o si me pierdo. Si fuese un caracol, simplemente, sería.

En Madrid es difícil salir. Aquí no hay mar y apenas llueve.